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Cada vez más está integrado en nuestra cultura el hecho de adoptar a un menor. Las razones para empezar este proyecto pueden ser múltiples, aunque la más extendida es la infertilidad o la imposibilidad de la pareja en tener un hijo por vía tradicional. Sea cual sea esta razón, el motor común a todas las adopciones es el deseo y el amor incondicional hacia un hijo que está a punto de llegar.

Pero todo este proceso es más largo que un embarazo y está lleno de esperas, trámites, entrevistas y otras situaciones que nos pueden hacer tambalear un poco nuestra convicción o que nos pueden hacer dudar de la solidez de nuestra decisión. Surgen dudas e inseguridades, preguntas e interrogantes de qué pasará. A veces la espera y la incertidumbre de cuándo se cumplirá el plazo pueden producir angustia y nerviosismo y todo ese "tiempo libre" sirve para que los padres creen unas expectativas sobre el niño que llegará.

Otro momento muy importante dentro del proceso de la adopción es el del primer encuentro. Es un momento de mucha ilusión y alegría, del cual hemos elaborado muchas fantasías durante la espera y, a veces, este momento no resulta ser tal como la habíamos imaginado. Esta contradicción puede provocar preocupación, pero hay que saber que las características de este primer encuentro no son indicativo del éxito de la adopción.

Y, definitivamente, la llegada del menor a casa se entiende como la culminación del proceso, pero en realidad es aquí cuando empezamos de verdad. Temas como las emociones tanto de los padres como de los menores recién llegados, el trabajo del vínculo, el abordaje de su historia previa o la incógnita de qué nos encontraremos en la adolescencia son temas en los que la familia puede necesitar algún momento de asesoramiento o apoyo.

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